CUAUHTÉMOC CÁRDENAS: EL HOMBRE QUE DESAFIÓ AL SISTEMA Y AL QUE TUVE EL PRIVILEGIO DE ENTREVISTAR

La muerte del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, ocurrida este miércoles 28 de octubre, a los 92 años de edad, representa la desaparición física de uno de los hombres más importantes de la historia política contemporánea de México. Un hombre que pudo haber sido presidente de la República, que desafió al sistema político del que había formado parte, que contribuyó decisivamente a abrir las puertas de la democracia y que, por encima de sus triunfos y derrotas, conservó algo que no abunda precisamente entre nuestros políticos: la congruencia entre sus convicciones y sus actos.
Tuve el enorme privilegio de entrevistarlo hace ya varios años para mi programa Nada Personal, en una conversación que todavía recuerdo como una de las experiencias periodísticas más importantes de mi vida profesional. Y no solamente por la dimensión histórica del personaje, sino por las circunstancias verdaderamente insólitas en las que se produjo aquel encuentro.
Recuerdo perfectamente que estaba en mi casa, enfermo, con fiebre y los malestares propios de una fuerte gripe, cuando recibí una llamada de quien entonces era mi productor, el brillante periodista Vladimir de la Torre. Me comunicó, prácticamente sin mayores explicaciones, que el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas se encontraba en las instalaciones de Telesur, en el malecón de Campeche, esperándome para una entrevista. ¡Imagínense ustedes! Nadie me había informado previamente de semejante compromiso. No existía en mi agenda ninguna entrevista con el ingeniero y, para acabarla de amolar, yo estaba metido en la cama, enfermo y con fiebre.
Pero había oportunidades que un periodista sencillamente no podía dejar pasar. Y aquella era una de ellas. No todos los días se tiene frente a uno a un hombre que había sacudido los cimientos del sistema político mexicano. De manera que me levanté, hice lo que pude para recomponerme y, en menos de veinte minutos, ya estaba en las instalaciones de Telesur, dispuesto a realizar una de las entrevistas más memorables de mi carrera.
Y vaya que valió la pena.
El ingeniero habló prácticamente de todo. De su padre, el general Lázaro Cárdenas del Río, de la profunda influencia que ejerció sobre su formación política y humana, de su lucha por democratizar México, de los acontecimientos de 1988, de sus desencuentros con el poder y de las razones que lo habían llevado a retirarse de la competencia por los grandes cargos políticos. También abordamos asuntos particularmente delicados, entre ellos aquella vieja versión que circulaba en determinados ambientes políticos acerca de supuestas cantidades de dinero que su familia recibía de Petróleos Mexicanos sin justificación alguna. Era una acusación que merecía ser planteada directamente al interesado, no repetida como si se tratara de una verdad comprobada. Y el ingeniero aceptó hablar del asunto.
Aquella conversación tuvo una repercusión que ni Vladimir ni yo habíamos imaginado. Diversos medios nacionales retomaron declaraciones del ingeniero, particularmente por la contundencia de algunos de sus posicionamientos. Lo que había comenzado como una entrevista improvisada, con un conductor enfermo y un invitado extraordinario esperando en un estudio de televisión de provincia, terminó convirtiéndose en un acontecimiento periodístico que trascendió las fronteras de Campeche. Son esas satisfacciones que nos regala este oficio y que no se compran con absolutamente nada.
Pero más allá de aquella experiencia personal, conviene detenernos en la verdadera dimensión histórica del personaje que hoy despedimos.
Cuauhtémoc Cárdenas nació el primero de mayo de 1934. Fue hijo del general Lázaro Cárdenas del Río y de doña Amalia Solórzano Bravo. Creció bajo la sombra de uno de los presidentes más importantes de la historia nacional, el hombre de la expropiación petrolera de 1938, del reparto agrario y de una concepción profundamente nacionalista de la soberanía mexicana. Sin embargo, Cuauhtémoc tuvo el mérito de construir su propia historia. Fue ingeniero civil, senador de la República, gobernador de Michoacán y, posteriormente, uno de los principales protagonistas de la ruptura política que transformaría para siempre la vida pública de nuestro país.
Su decisión de abandonar el PRI, después de encabezar junto con Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez la Corriente Democrática, constituyó un desafío formidable al presidencialismo autoritario. En 1988 encabezó una movilización ciudadana sin precedentes que puso contra las cuerdas al régimen. Aquella elección, marcada por la tristemente célebre caída del sistema de cómputo electoral, dejó una herida profunda en la historia democrática mexicana. Carlos Salinas de Gortari fue declarado vencedor, pero millones de mexicanos quedaron convencidos de que a Cuauhtémoc Cárdenas le habían arrebatado la Presidencia de la República.
Lo verdaderamente extraordinario fue lo que vino después. En lugar de conducir aquella indignación hacia la violencia, Cárdenas decidió transformarla en organización política. De ese movimiento nació en 1989 el Partido de la Revolución Democrática, que durante muchos años representó la principal alternativa electoral de la izquierda mexicana. Volvió a contender por la Presidencia en 1994 y en 2000, y en 1997 obtuvo una victoria histórica al convertirse en el primer jefe de Gobierno del Distrito Federal elegido mediante el voto popular.
No fue un político infalible. Cometió errores, tuvo contradicciones y enfrentó cuestionamientos legítimos. Pero su contribución a la apertura democrática de México resulta imposible de negar. Buena parte de las libertades políticas que hoy ejercemos y de la pluralidad que caracteriza a nuestras instituciones no podrían explicarse sin aquella generación de mexicanos que, encabezada por Cárdenas, se atrevió a desafiar a un régimen que parecía invencible.
Para Campeche, además, la historia de los Cárdenas tiene una significación particular. Somos un estado cuya economía y cuya historia contemporánea quedaron profundamente vinculadas al petróleo, especialmente desde el desarrollo de los grandes yacimientos de la Sonda de Campeche. La expropiación petrolera realizada por el general Lázaro Cárdenas y la permanente defensa de la soberanía energética sostenida por su hijo forman parte de una misma tradición nacionalista. Una tradición que para los campechanos no constituye una abstracción ideológica, sino una realidad que ha determinado durante décadas nuestra economía, nuestro empleo y buena parte de nuestras relaciones con la Federación.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestra historia. Campeche ha contribuido con una riqueza petrolera extraordinaria al desarrollo nacional y, sin embargo, continúa enfrentando rezagos económicos y sociales que no corresponden a la magnitud de esa aportación. Cuauhtémoc Cárdenas defendió durante toda su vida la idea de que los recursos energéticos debían servir al desarrollo del país y al bienestar de sus habitantes. Esa convicción adquiere un significado especialmente profundo cuando se contempla desde Ciudad del Carmen y desde las comunidades campechanas que han vivido las consecuencias de la actividad petrolera.
En sus últimos años, el ingeniero se fue alejando de la competencia electoral, pero jamás renunció a sus ideas. Se distanció de las dirigencias partidistas cuando consideró que habían abandonado sus principios, mantuvo posiciones críticas incluso frente a gobiernos surgidos de la izquierda y siguió participando en la discusión de los grandes problemas nacionales. Todavía en 2026 aceptó presidir honorariamente una comisión consultiva de Petróleos Mexicanos, como si el destino hubiera querido cerrar el círculo de una historia familiar profundamente ligada a la soberanía energética de México.
Hay una enseñanza particularmente valiosa en su trayectoria. Cuauhtémoc Cárdenas demostró que se puede perder una elección sin perder la dignidad; que se puede abandonar un partido sin renunciar a las convicciones y que se puede ejercer una oposición firme sin convertir al adversario en enemigo personal. En un país donde la política suele confundirse con la descalificación, el oportunismo y la búsqueda desesperada del poder, su conducta merece ser estudiada por las nuevas generaciones.
Cuando hoy recuerdo aquella entrevista en Telesur, no pienso solamente en el excandidato presidencial, en el fundador del PRD o en el hijo del general Lázaro Cárdenas. Recuerdo al hombre que se sentó frente a mí y aceptó responder preguntas sobre los capítulos más difíciles de su vida pública, sobre su familia, sobre las acusaciones que circulaban en su contra y sobre sus decisiones personales. Recuerdo también la extraordinaria oportunidad que me permitió conocer, aunque fuera durante unas horas, a uno de los protagonistas de la historia que durante tantos años me había tocado narrar desde el periodismo.
Y recuerdo, por supuesto, a Vladimir de la Torre, cuya llamada inesperada hizo posible aquel encuentro. Si ese día me hubiera dejado vencer por la fiebre, por el cansancio o por la comodidad de permanecer en casa, me habría perdido una de las grandes experiencias de mi vida profesional.
El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano se ha marchado. Su lugar en la historia de México está asegurado, independientemente de las simpatías o diferencias políticas que cada quien pudiera tener con él. Fue uno de esos hombres que contribuyeron a cambiar el rumbo de una nación sin necesidad de ocupar su más alta magistratura.
Hoy, desde esta tierra campechana donde tuve el privilegio de entrevistarlo, le rindo mi modesto homenaje de periodista. Descanse en paz, ingeniero.
