MEXICO: LA REBELDIA DE UNA “X”
He sido siempre un purista del idioma. Lo digo constantemente en la radio. No me gustan mucho los barbarismos, me resisto a los anglicismos innecesarios y confieso que más de una vez he renegado de modismos y esas nuevas palabras que de pronto aparecen, se popularizan y terminan incorporándose a nuestra manera cotidiana de hablar. Sé, por supuesto, que el idioma está vivo, que la costumbre también hace lengua y que la territorialidad transforma las palabras. Lo sé. Pero una cosa es saberlo y otra aceptar que uno también tiene que aprender a cambiar. Y curiosamente una sola letra, la X de México, acaba de darme una extraordinaria lección de humildad.
México es México con X. Parece una obviedad, pero detrás de esa letra que escribimos todos los días existe una historia fascinante de lengua, conquista, transformación, independencia, identidad y, sí, de cierta rebeldía cultural. El nombre procede del náhuatl Mēxihco y está directamente relacionado con los mēxihcah, los mexicas. Cuando los españoles del siglo XVI intentaron representar aquel nombre indígena utilizando el alfabeto castellano, utilizaron la X porque en el español de entonces esa letra podía representar un sonido semejante al que escuchaban. Es decir, México se escribía con X varios siglos antes de que México existiera como nación independiente.
Después cambió el castellano. Aquel sonido que antiguamente podía representarse con la X evolucionó hasta convertirse en el que hoy normalmente representamos mediante la J. No fue algo exclusivo de México. Ahí están antiguas grafías como Ximénez o Ximena para entender que nuestra X era perfectamente explicable dentro del castellano de aquella época. Con los siglos llegaron las reformas ortográficas y la Real Academia Española fue ordenando y uniformando la escritura. Si aquel sonido ya se pronunciaba como J, parecía razonable que también se escribiera con J. Así apareció Méjico.
La grafía no es una invención ni un error. Méjico con J fue utilizada durante muchísimo tiempo, particularmente en España, y llegó a convivir también entre nosotros con México. Incluso en documentos relacionados con nuestra propia Independencia aparecen formas con J. Por eso sería históricamente irresponsable inventar una escena maravillosa en la que los mexicanos recién independizados se reunieron para decir: “Si España quiere que escribamos Méjico, nosotros escribiremos México”. No existe evidencia suficiente de que haya ocurrido semejante decisión deliberada.
Pero lo que realmente ocurrió me parece todavía más poderoso. El 28 de septiembre de 1821 se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano. Apenas había transcurrido un día desde la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México. Y en ese documento fundacional quedó escrita para siempre una expresión formidable: “La Nación Mexicana…” Con X.
El documento que formalizó nuestra existencia como nación independiente habló del Imperio Mexicano y de la Nación Mexicana. México estaba rompiendo políticamente con España y, en el papel que certificaba esa ruptura, México llevaba X. No demuestra que aquella letra haya sido escogida deliberadamente como desafío a la Corona o a la Academia. Pero la imagen histórica es irresistible: México nació a la vida independiente con su X puesta. Tres años después ocurrió nuevamente. El 4 de octubre de 1824 entró en vigor nuestra primera Constitución Federal. Ahí quedó plasmado el nombre constitucional de la nueva República: Estados Unidos Mexicanos. Otra vez con X. El propio texto hablaba de la “nación mexicana” y enumeraba entre las partes integrantes de la Federación al estado de México. La X había atravesado la Conquista, los tres siglos de Nueva España, la guerra insurgente, el Imperio y ahora aparecía instalada en la República.
Por eso me parece que reducir todo esto a una discusión entre una X y una J sería no entender absolutamente nada. Lo verdaderamente importante es lo que ocurrió después. Mientras la evolución ortográfica española favorecía Méjico, este país continuó llamándose México. No porque podamos demostrar que existió una orden de rebeldía ortográfica, sino porque los pueblos también ejercen su soberanía de maneras mucho más naturales: conservando aquello con lo que se identifican. México simplemente no soltó su X.
Y esa persistencia terminó convirtiendo una grafía histórica en algo mucho más grande: una seña de identidad. La X dejó de ser solamente una letra heredada de la ortografía castellana del siglo XVI para convertirse, con el paso de las generaciones, en parte de nuestra manera de reconocernos. Es una extraordinaria paradoja histórica. Una letra utilizada originalmente por los propios españoles para escribir un nombre indígena terminó sobreviviendo a las transformaciones del español y convirtiéndose siglos después en símbolo inequívoco de mexicanidad.
No fue una rebelión decretada. Fue algo mucho más profundo. Fue una rebelión cultural natural. Porque una nación no solamente se construye con fronteras, constituciones, ejércitos, gobiernos y banderas. Una nación también se construye con símbolos, costumbres, sonidos y palabras. Sobre todo con la palabra mediante la cual un pueblo se nombra a sí mismo. Nosotros decidimos a lo largo de generaciones reconocernos como mexicanos y llamar México a nuestra tierra.
México con X. Terminamos imponiéndola no por decreto, sino por uso, por costumbre, por pertenencia y por identidad. Hoy la propia norma académica admite Méjico con J, pero recomienda México con X, precisamente porque es la forma utilizada en nuestro país y la predominante en Hispanoamérica. Después de siglos de discusiones ortográficas, ocurrió algo extraordinariamente sencillo: prevaleció la manera en que los mexicanos decidimos escribir nuestro propio nombre. Eso me parece profundamente hermoso. Porque también demuestra algo que a veces olvidamos quienes pretendemos defender con demasiado celo la pureza del idioma: el idioma no está muerto.
Las academias estudian la lengua, la ordenan, establecen normas, registran sus transformaciones y nos ayudan extraordinariamente a conservar una herramienta común. Pero antes que a las academias, el idioma pertenece a quienes lo hablan. Son millones de personas, durante décadas y siglos, las que deciden qué palabras sobreviven, cuáles desaparecen, cuáles cambian de significado y cuáles terminan incorporándose definitivamente a nuestra manera de comunicarnos.
Eso tampoco significa aceptar cualquier barbaridad. Seguiré defendiendo el idioma de los anglicismos absurdos cuando existe una palabra perfectamente útil en español. Seguiré creyendo que empobrecer nuestro vocabulario no significa evolucionar. Seguiré renegando seguramente de algunas modas lingüísticas. Pero después de conocer mejor la historia de nuestra X también tengo que reconocer algo: quizá he sido demasiado duro frente a algunas transformaciones legítimas de nuestra lengua. Porque hay una enorme diferencia entre deformar un idioma y hacerlo evolucionar. Y para reconocer esa diferencia también se necesita humildad.
A mis casi 67 años sigo aprendiendo. Y me parece extraordinario descubrir que una simple letra pueda obligarme a revisar una convicción de tantos años. Porque aquella X sobrevivió cuando perfectamente pudo haber desaparecido. Sobrevivió a las reformas ortográficas, sobrevivió al uso de Méjico con J, atravesó nuestra Independencia y permaneció ahí hasta convertirse en parte inseparable de nuestra identidad. Una sola letra terminó cargando siglos de historia. La X de los mexicas. La X de la Nación Mexicana de 1821. La X de los Estados Unidos Mexicanos de 1824. La X que seguimos escribiendo más de doscientos años después. Nuestra X.
Por eso hoy, más que discutir si alguna vez fue ortográficamente posible escribir Méjico con J, prefiero quedarme con algo mucho más importante: hubo generaciones de mexicanos que nunca estuvieron dispuestas a desprenderse de aquella letra. Y aunque no podamos llamarlo rigurosamente un acto político de desobediencia, sí podemos sentirlo como un extraordinario acto histórico de pertenencia. De eso sí podemos sentirnos profundamente orgullosos. Porque hay rebeldías que necesitan proclamas, fusiles y revoluciones… Y hay otras que solamente necesitan una letra.
¡VIVA MEXICO!… con X
