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LAS MURALLAS QUE NO SE VEN

LAS MURALLAS QUE NO SE VEN

Campeche no está detenido por la falta de recursos, ni por su ubicación geográfica, ni siquiera por la ausencia de oportunidades. Campeche está detenido, desde hace mucho tiempo, por murallas que ya no se ven, pero que siguen intactas: las murallas atávicas mentales.
Las murallas de piedra cumplieron su función histórica. Defendieron a la ciudad de piratas, invasiones y saqueos. Fueron símbolo de resistencia, identidad y orgullo. El problema comenzó cuando esas murallas dejaron de estar en la ciudad y se trasladaron al pensamiento.
Desde hace más de un siglo, distintos intelectuales —algunos campechanos, otros observadores externos— han coincidido en un mismo diagnóstico: Campeche tiende a discutir más de lo que produce, a pelear más de lo que construye, a imaginar más de lo que ejecuta.
No es una acusación nueva. Ya a principios del siglo XX, se advertía que el estado se desgastaba en luchas políticas estériles, en rencillas personales, en bandos irreconciliables que preferían obstaculizar al adversario antes que empujar un proyecto común. Se denunciaba, con claridad brutal, que la política había sustituido al trabajo, y que la crítica había reemplazado al esfuerzo productivo.
Décadas después, otros pensadores describieron el mismo fenómeno con palabras distintas: exceso de retórica, vocación lírica, talento para la palabra, pero debilidad para la organización, la disciplina y la continuidad. Un estado lleno de inteligencia y sensibilidad, pero pobre en estructuras que conviertan las ideas en obras duraderas.
Y quizá ahí está la clave: Campeche no carece de talento, carece de confianza colectiva. Aquí, el que propone es sospechoso. El que avanza es cuestionado. El que intenta cambiar algo es rápidamente colocado en una trinchera política, como si toda iniciativa fuera, por definición, una amenaza.
La muralla mental funciona así: primero se desacredita al que hace; luego se le aísla; finalmente se celebra su fracaso como si fuera una victoria propia. El resultado es un estado que se sabotea a sí mismo con notable eficacia.
Campeche se ha acostumbrado a vivir del pasado: de su historia, de su belleza, de su singularidad. Pero la historia no genera empleo, la belleza no construye desarrollo y la singularidad no sustituye a la productividad. El orgullo, cuando no se acompaña de autocrítica, se vuelve una forma elegante de inmovilidad.
No se trata de renunciar a la identidad ni de negar la cultura. Se trata de entender que la cultura que no se convierte en acción termina por volverse coartada. Coartada para no cambiar. Coartada para no exigir. Coartada para no competir.
Mientras otros estados discuten cómo crecer, Campeche sigue discutiendo quién tiene la culpa. Mientras otros planean el futuro, aquí seguimos ajustando cuentas con el pasado. Y así, año tras año, sexenio tras sexenio, el estado avanza menos de lo que podría.
Las murallas ya no nos defienden.
Nos encierran.
Derribarlas no requiere dinamita ni maquinaria pesada. Requiere algo más difícil: voluntad, disciplina, generosidad y una profunda reconciliación con la idea de que el progreso es colectivo o no es.
Hasta que Campeche no entienda eso, seguirá siendo una ciudad hermosa, orgullosa… y detenida
La Chispa


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