JUAN DE LA CABADA: EL CAMPECHANO UNIVERSAL QUE HIZO DE SU VIDA UNA HISTORIA
Por Tomás Zapata BOSCH
Un día como hoy, el 26 de septiembre de 1986, murió en la Ciudad de México Juan de la Cabada Vera. Han pasado exactamente cuarenta años desde entonces y su nombre continúa ocupando un sitio singular en la cultura mexicana. Fue escritor, cuentista, periodista, guionista cinematográfico, narrador oral, profesor y militante político. Pero definirlo solamente por alguna de esas actividades sería reducir a un hombre cuya vida estuvo marcada por la literatura, el cine, la bohemia, las luchas sociales y una militancia de izquierda que nunca ocultó. Juan de la Cabada nació en San Francisco de Campeche el 4 de septiembre de 1899. Desde muy joven salió de su tierra, vivió varios años en Cuba y después se incorporó a una generación de artistas e intelectuales mexicanos que entendía la creación artística y la participación política como actividades prácticamente inseparables. Militó en el Partido Comunista Mexicano, colaboró en publicaciones como El Machete, perteneció a Socorro Rojo Internacional y participó en la fundación de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, la célebre LEAR. Su activismo le significó persecuciones y cárcel en distintas ocasiones.
Su vida política merece ser contada sin maquillajes, pero también sin exageraciones. En febrero de 1930 fue detenido junto con otros dirigentes comunistas después del atentado contra el presidente Pascual Ortiz Rubio. La documentación histórica señala, sin embargo, que el Partido Comunista negó entonces cualquier participación propia en aquel ataque, por ello no sería correcto afirmar que De la Cabada fue uno de sus autores simplemente por haber sido arrestado durante la redada posterior. Distinto es un episodio ocurrido diez años después. La madrugada del 24 de mayo de 1940, David Alfaro Siqueiros encabezó el fallido asalto armado contra la casa de León Trotsky en Coyoacán. Octavio Paz escribiría posteriormente que Juan de la Cabada ayudó a ocultar las armas utilizadas por el grupo. Investigaciones académicas que recuperan las propias memorias de De la Cabada también relatan que conoció dónde habían quedado aquellas armas después de la operación. Es una página oscura y compleja de su biografía que no debe ocultarse, pero tampoco confundirse: aquello fue el atentado encabezado por Siqueiros, tres meses antes del asesinato de Trotsky a manos de Ramón Mercader.
Y aquí aparece una de esas historias que retratan mejor que cualquier biografía el México de aquellos años y también la personalidad de don Juan. En alguna ocasión, entre carcajadas y copa y copa, Juan de la Cabada me contó que durante uno de esos periodos en los que era perseguido por las agencias policiacas mexicanas, metido nuevamente en alguno de los tantos problemas que le acarreaba su militancia de izquierda, encontró refugio precisamente en la casa de un hombre que representaba a la justicia federal: su amigo y hermano de toda la vida, el licenciado Renato Salles Gásque. Don Juan lo contaba muerto de risa. Mientras lo buscaban, decía, podía pasar semanas e incluso meses refugiado en casa de don Renato. Ahí permanecía protegido por quien entonces ejercía funciones dentro de la justicia federal y que, más allá de cualquier diferencia institucional o política, era para Juan de la Cabada un amigo entrañable, un verdadero hermano. La historia parecía salida de alguno de sus cuentos: las policías buscándolo por todos lados y Juan de la Cabada tranquilamente instalado en la casa de un hombre ligado al propio aparato judicial.
Años después aquella anécdota dejó para mí de ser solamente una de las extraordinarias historias que don Juan contaba alrededor de una mesa. En una entrevista que tuve oportunidad de hacerle a la esposa de don Renato Salles Gásque, una entrevista de muy grata memoria y que considero hasta hoy una de aquellas conversaciones icónicas que he tenido a lo largo de mi vida periodística, ella misma me confirmó aquella historia. Y entonces entendí que las carcajadas de don Juan no eran exageración. Así había sido aquella época. Hombres que podían encontrarse políticamente en mundos aparentemente opuestos pero que conservaban amistades, lealtades y afectos construidos durante toda una vida. Juan de la Cabada y Renato Salles Gásque eran de esos amigos que terminaron convirtiéndose prácticamente en hermanos.
Antes había estado en España durante la Guerra Civil. En 1937 viajó junto con artistas e intelectuales mexicanos al Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura y estuvo relacionado con las labores antifascistas y de Socorro Rojo Internacional. Juan de la Cabada perteneció a esa generación en la que nombres como David Alfaro Siqueiros, Silvestre Revueltas, Pablo O’Higgins, Tina Modotti, José Revueltas y tantos otros transitaban continuamente entre el arte y la militancia. Pero sería injusto recordar hoy solamente al político. Juan de la Cabada pertenece también a la historia del gran cine mexicano. Entró formalmente al cine a principios de los años cincuenta y trabajó como argumentista, adaptador y guionista en alrededor de quince películas. Colaboró con Luis Buñuel en Subida al cielo y La ilusión viaja en tranvía; trabajó también en Las señoritas Vivanco, El brazo fuerte, Simitrio y décadas después en Calzonzin Inspector, con Alfonso Arau y Eduardo del Río, Rius. Su cuento La llovizna también llegó al cine.
Su obra literaria permanece como otro de sus grandes legados. Paseo de mentiras, Incidentes melódicos del mundo irracional, La conjura y otros cuentos, Cuentos del camino, El duende y muchos otros textos revelan a un narrador extraordinariamente cercano a la gente sencilla: campesinos, pescadores, obreros, marineros, indígenas. Campeche y el mundo maya aparecen una y otra vez en su literatura. Desde 1977 existe además el Premio Bellas Artes de Cuento Infantil Juan de la Cabada.
Yo tuve el privilegio de conocer a don Juan. Llegué originalmente a él por otro campechano, Óscar Alberto Pérez García, con quien Juan de la Cabada compartía aquellos viejos ideales de izquierda. Pero donde verdaderamente pude abrevar de aquel hombre extraordinario fue prácticamente al lado de mi casa. Su amigo Ermilo Pacheco tenía ahí el bar La Copa. Estaban Ermilo y Salvador, sus hijos, a quienes conocíamos como “los Potes”. Y por ahí aparecía don Juan de la Cabada acompañado muchas veces de su esposa, Esther Martínez Peñate, cubana de nacimiento. También llegaba mi querido amigo Carlos Reyes Alpuche, “Chichán”; llegaba Óscar Alberto Pérez García y aparecían muchos de aquellos personajes que entonces yo veía simplemente como hombres mayores conversando y que con el tiempo comprendí que cargaban encima buena parte de la historia política, cultural y bohemia del México del siglo XX.
Yo estaba muy chavo y naturalmente subía. Subía también por el relajo y, hay que confesarlo, porque podía echarme algunos tragos gratis. Pero mientras ellos bebían y conversaban, yo escuchaba. Y cuánto aprendí escuchando. Abrevé muchísimo de aquellas conversaciones con don Juan de la Cabada. Me hablaba de la izquierda campechana, pero sobre todo de la izquierda mexicana; de sus hombres, de sus luchas, de sus divisiones, de sus cárceles, de aquellas épocas en las que militar políticamente podía significar persecución y prisión. Yo probablemente no alcanzaba entonces a dimensionar el personaje que tenía enfrente. Con los años comprendí que estaba escuchando a uno de los testigos y protagonistas de buena parte de la historia de la izquierda mexicana del siglo XX.
Porque Juan de la Cabada no conoció esa historia por los libros. Él estuvo ahí. Estuvo cerca de Julio Antonio Mella y Tina Modotti; convivió con Siqueiros, los Revueltas, Pablo O’Higgins y otros grandes personajes de aquella izquierda intelectual mexicana. Fundó organizaciones, escribió para periódicos comunistas, conoció la cárcel, estuvo en España en los años de la Guerra Civil y décadas más tarde llegó incluso a ocupar una diputación federal por Campeche en 1979. Y era, al mismo tiempo, profundamente campechano. De esos campechanos universales que podían estar discutiendo literatura en Europa, escribiendo cine con Buñuel, participando en una organización política en la Ciudad de México o sentado tranquilamente en una mesa platicando durante horas con sus amigos en Campeche.
Su biblioteca y su archivo tuvieron también una historia particular después de su muerte. La Universidad Veracruzana registra que en 1990 Fernando Gutiérrez Barrios adquirió y donó a esa institución la biblioteca y el archivo personal de Juan de la Cabada. Para entonces Gutiérrez Barrios ya no era gobernador de Veracruz, sino secretario de Gobernación. La propia Universidad conserva actualmente ese extraordinario fondo documental. El detalle curioso es que los “entendidos” dicen que más que por ayudar a la viuda, Gutiérrez Barrios quería acceso a los archivos de la izquierda Mexicana que tenía Don Juan.
Hoy, cuarenta años después de su muerte, recuerdo particularmente al hombre. Al don Juan que llegaba a La Copa, al conversador formidable, al hombre que se carcajeaba recordando que mientras medio mundo policiaco lo buscaba él podía estar tranquilamente refugiado durante semanas en casa de su hermano y amigo Renato Salles Gásque. Al hombre de izquierda que jamás tuvo inconveniente en discutir sus ideas. Al escritor que podía convertir una conversación cualquiera en una historia extraordinaria y recuerdo – por supuesto a mis casi 67 que cumplo mañana- a aquel muchacho que era yo, que llegaba atraído inicialmente por el relajo y los tragos gratis y terminaba sentado durante horas escuchando historias que ningún libro podía enseñarme de aquella manera. El tiempo me enseñó después a valorar la enorme fortuna que significó haber conocido personalmente a algunos hombres que hoy pertenecen a la historia. Juan de la Cabada fue uno de ellos.
Murió aquel 26 de septiembre de 1986, pero su voz sigue ahí: en sus cuentos, en las películas que ayudó a escribir, en los archivos que dejó, en la historia de la izquierda mexicana y, para quienes tuvimos la oportunidad de escucharlo personalmente, en esas conversaciones que todavía parece que ocurrieron ayer. A cuarenta años de su muerte, Campeche tiene muchas razones para recordar a don Juan de la Cabada: al escritor, al guionista, al luchador social, al conversador, al hombre de profundas convicciones, al campechano universal.
