Leyendo ahora
LA LATA DE CANGREJOS, ¿CAMBIAREMOS ALGUN DIA?

LA LATA DE CANGREJOS, ¿CAMBIAREMOS ALGUN DIA?

“NADA PERSONAL”

 

Por Tomas Zapata Bosch

 

Hay textos que no envejecen. No porque el tiempo se haya detenido, sino porque la realidad, terca, se empeña en darles la razón una y otra vez. Campeche tiene uno de esos espejos incómodos desde 1909, cuando Gustavo Martinez Alomia publicó “Causas de la decadencia del Estado de Campeche”. Más de un siglo después, ese libro no se lee: se siente. Se respira. Se padece. Es cruelmente actual, al menos, en lo que los capitulos sexto y septimo plantean.

 

Martínez Alomía no hablaba en abstracto. Hablaba de un Campeche atrapado en sus propias divisiones, en pleitos estériles, en una clase política más ocupada en disputarse el poder que en construir futuro. Hablaba de una sociedad que, en lugar de empujar en la misma dirección, se fragmentaba, se desgastaba, se consumía en conflictos que poco o nada aportaban al desarrollo.

 

Y uno no puede evitar hacer esa pausa incómoda: ¿hemos cambiado? ¿O seguimos viviendo en la misma “lata de cangrejos” que, con tristeza, evocaba doña María Lavalle Urbina cuando se refería al terruño? Y a mí no me lo cuenta nadie; me lo dijo ella personalmente, en reiteradas ocasiones, cuando llegaba del brazo de mi amigo y hermano Rafael Montero Romero a aquellas reuniones convocadas por el doctor “Quicho” Berrón, entonces presidente de la Asociación de Profesionistas y Técnicos Campechanos radicados en el entonces Distrito Federal, a las que acudíamos, puntuales, muchos campechanos expatriados, todos aquellos “campechuaches” que cargábamos la tierra a cuestas aunque estuviéramos lejos de ella.

 

Bueno, en realidad el “líder moral” de aquel grupo era Coquín Lavalle, que también buscaba la gubernatura y que, por cierto, era el preferido de don Rafael Rodríguez Barrera, el legendario “Chel”. Muchos siguen pensando hasta hoy que, por su perfil técnico, Coquín hubiera sido el mejor gobernador que Campeche podía haber tenido en aquella coyuntura histórica. Pero ya sabemos que el “hubiera” no existe. Lo que sí existía era una circunstancia excepcional: Patrocinio González Garrido, Jorge Carpizo MacGregor y Luis Donaldo Colosio le tendieron la mesa a quien terminaría siendo un buen gobernador, Jorge Salomón Azar García, pese a que algunos de los que lo acompañaron en aquella aventura, no solo no le cumplieron a él, sino que sí les cumplieron, y muy bien, a sus propias y abultadas billeteras.

 

Pero bueno, para qué me meto en líos. A final de cuentas, todos los que han pasado por esa ala del cuarto piso, han tenido sus propios vivales. Esa historia, que para bien o para mal me ha tocado vivir, quizá demasiado cerca del poder, se las cuento en otra ocasión.

 

Hoy, en pleno siglo XXI, el guion parece repetirse con una precisión que asusta. Cambian los nombres, cambian los colores, cambian los discursos, pero la esencia sigue siendo la misma: politicos obnubilando ciudadanos y cooptando y comprando plumas y conciencias, el enfrentamiento como herramienta, la división como estrategia, el ruido como cortina. Mientras tanto, la productividad —la verdadera palanca del progreso— queda relegada, arrinconada, olvidada.

 

En ese punto es donde vale la pena traer a la mesa otra obra que, aunque no nació en Campeche, parece escrita para entendernos. En 1913, José Ingenieros publicó “El hombre mediocre”. Y no, no es un libro de insultos ni de descalificaciones fáciles. Es, más bien, un retrato fino —y por eso mismo más duro— de una actitud frente a la vida. Ingenieros describe al hombre que no piensa por sí mismo. Al que, por comodidad o por desidia, prefiere que otros le dicten qué creer, a quién apoyar, contra quién indignarse. Al que no crea, no propone, no construye; simplemente reacciona. Es el individuo que vive atrapado en la inercia, que se deja llevar por la corriente dominante, que encuentra más fácil sumarse al conflicto que asumir el reto de producir. Y ahí es donde ambas obras se entrelazan con una claridad inquietante.

 

Te puede interesar

Porque cuando una sociedad se acostumbra a que le digan en qué bando estar, cuando normaliza que otros piensen por ella, cuando convierte el enfrentamiento en rutina, termina cayendo exactamente en el escenario que Martínez Alomia advertía: una comunidad debilitada, dispersa, incapaz de concentrar su energía en lo verdaderamente importante. Lo peor del caso, la “chuleta” y la “zanahoria”, como temas torales del actuar ciudadano, esta parte es valida, pero cuando se hace a sabiendas de que quien la provee es un delincuente o una mala persona, pierde todo su valor.

 

No se trata de culpar únicamente al ciudadano, sería injusto. También hay una responsabilidad clara —y enorme— en la clase política. Porque cuando desde arriba se incentiva la confrontación, cuando se premia el aplauso fácil y se castiga el pensamiento crítico, cuando se alimenta la narrativa de “ellos contra nosotros”, lo que se está haciendo, en el fondo, es fabricar mediocridad social en serie. No mediocridad como insulto, sino como condición: la renuncia a pensar, a cuestionar, a construir. Eentonces pasa lo que estamos viviendo: campechanos enfrentados entre sí, discutiendo, desgastándose, defendiendo causas que muchas veces no son propias, mientras los grandes temas —los que de verdad mueven la aguja— se quedan en segundo plano. Infraestructura, desarrollo económico, competitividad, atracción de inversiones, productividad… todo eso queda opacado por el ruido. Todos preferimos que “timbre” la caja cada quincena y no pensar en nuestros hijos y nuestros nietos que, en lugar de heredar un legado digno, solo daran continuidad a la porqueria en que hemos vivido desde que en 1859 se “agarraron del chongo” los “padres fundadores” de este, pese a nosotros mismos, maravilloso estado.

 

Es una trampa perfecta. Una trampa en la que el ciudadano deja de ser protagonista para convertirse en instrumento. Donde el debate deja de ser construcción para volverse confrontación. Donde la energía social se gasta en dividir, en lugar de invertirse en producir.Y es ahí donde la vigencia de ambos autores se vuelve casi dolorosa. Porque más de cien años después, la advertencia sigue sobre la mesa: un pueblo dividido es un pueblo que no avanza. Una sociedad que delega su pensamiento es una sociedad que renuncia a su destino. Está bien la lucha política cada seis años; a ver déjeme explicarme: no cada año de cada sexenio, sino cada seis años y el resto trabajar todos juntos con quien gane.

 

La pregunta, incómoda pero necesaria, es si vamos a seguir repitiendo el ciclo. Porque salir de ahí no es sencillo, pero tampoco es imposible. Empieza por algo básico, casi elemental: volver a pensar por cuenta propia. Dejar de reaccionar y empezar a proponer. Dejar de pelear y empezar a construir. Entender que ningún proyecto político, por legítimo que sea, vale más que el futuro colectivo. Campeche no necesita más ruido. Necesita rumbo. Ese rumbo no lo van a marcar quienes viven de dividir, sino quienes se atrevan —por fin— a producir.

La Chispa


© 2024 Grupo Transmedia La Chispa. Todos los derechos reservados